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Poesía de Don José Alfayate![]()
Poesía de Doña Isabel Alfayate![]()
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Para la Hoguera de San Juan Doña Isabel Alfayate |
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Amo a Mi Pueblo D. José Alfayate |
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. A la Patrona de Santa Colomba D. José Alfayate |
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D. José Alfayate |
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D. José Alfayate |
A LA PATRONA DE SANTA COLOMBA
Viniste hacia aquí, y no se la causa,
viniste a este pueblo y estás entronada,
eres la Patrona de dulce palabra,
Patrona Santa que cultiva y labra
las flores del pueblo que son nuestras almas.
Parece que sonríe cuando le hablan,
semeja vestido de oro y no es nada,
el azul del cielo se asoma a su cara,
una pinturilla color oro grana
irisa su manto que mucho le agrada.
Sonríe, sonríe…
Sonrisa del alba.
Miradla de nuevo, miradla, miradla,
con sus ojos de Santa nos mira,
nos ensalza con su mirada,
sus labios de Santa nos hablan,
con su faz de bella ternura
dice que nos ama.
Yo también te amo, Santa venerada,
yo también te adoro, mi Colomba Santa,
yo también te quiero de modo excelente;
Protege mi mente,
cultiva mi alma,
extiende tus alas
y no me dejes solo Palomita Blanca.
¡Cómo no he de querer a mi Patrona
Santa Colomba de la Vega,
si es mi bálsamo dulce en mis penas,
si es la que ensalza e inspira,
si es la que cultiva y llena
de esperanza y amores,
si es el ángel que vela mi vida
y cultiva nuestros corazones!
Bajo el manto que te adorna y cubre
yo quisiera tener mi cobijo
y sentir los efluvios divinos
cual sentía de su Madre el Hijo
y así borrar esa nube
de malos designios.
Y en tu suave y dulce morada,
y en tus labios brillantes de plata
y en tu frente de cielo serena
y bajo el manto de rosa escarlata
y de tu corazón, tesoro de gracias,
yo quisiera mi Patrona buena
quisiera la gracia
de poder ensalzarte
con toda mi alma.
Que el mundo supiera
extendida la onda
que eres la Patrona
de Santa Colomba.
Quisiera sentirte, cual siente el poeta
la belleza de su mente encendida,
quisiera equilibrar mi mente a medida
y poder adorarte en mi lucha secreta.
Deja que te cante, Patrona Inmolada.
Deja que loe, Patrona de Gracia.
Deja que te mime, Pureza sin Mancha.
Ponme en el camino, Palomita Blanca.
Perdona al poeta
que torpemente te canta,
en ti pongo mi Patrona,
en ti pongo mi esperanza.
Adiós Patroncita
Patroncita Santa.
© José Alfayate.
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HOGUERAS DE SAN JUAN
La noche de San Juan
es una noche de fiestas,
tradicionales, modestas,
en territorio nacional,
celebrado desde tiempo
inmemorial.
Ante de hacerse cristiana
esta fiesta pagana,
nuestros ancestros
encendían hogueras
en sus campos yermos
para ayudar al sol
en sus arduas tareas
en acto simbólico
a que "no pierda calor";
no lo era diabólico.
En su conciencia interna
sabían que el fuego
destruye lo malo
y lo dañino. Quema,
porque no es un juego
y sabían desde antaño
y lo tenían por lema
en la noche más corta del año
el arrojar a las hogueras
todo lo innecesario
o queramos destruir
de nuestro pasado.
También Santa Colomba,
Santa Colomba de la Vega;
hace honor a estas verbenas
encendiendo sus hogueras,
lanzando al aire cohetes, bombas,
y entusiasmado brega
alrededor de la flama
acariciando las llamas
y pidiendo con afán
y con gran amor divino
que les de pan,
que les de vino
esta noche de San Juan.
Porque guardando la hoguera,
celebran una gran cena
los vecinos reunidos,
y así todos unidos
se despiden a la aurora
después de gritar, bailar, vocear,
porque creen que ya es hora
de regresar al hogar.
© José Alfayate.
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A la puerta de Goyita
y la vecina Susana
se prepara esta cena
por toda la temporada.
Los Señores ya preparan
la hoguera y parrillada
chuletones y costillas
sazonaditas y bien asadas.
Y también la panadera
nos prepara empanadas
y las otras compañeras
tortillitas con patatas.
Y también chorizos nuevos
preparados con cervezas
las buenas pastas y pasteles
para terminar la fiesta.
Y hoy no puede faltar
las bebidas de San Juan
los chupitos y el güisqui
y el famoso buen champán.
Ahora que hemos cenado
bailaremos unas jotas
con la música que tengamos
eso lo que ya no importa.
Y que tengamos salud
que otro año volveremos
a celebrar todos juntos
y siempre lo agradecemos.
La queimada de Galicia
no es un desagrado
aquí también se hace
para curar el catarro.
Lo tomamos bien caliente
para calentarnos de veras
así cantamos mejor
alrededor de la hoguera.
© Isabel Alfayate.
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TRES RÍOS - CUATRO PUENTES
Del pueblo Santa Colomba,
Tres ríos cortan el plano,
el Tuerto, que viene en tromba
en invierno, algunas veces
y queda seco en verano.
Otro, es el río de los Peces,
que serpentea por Las Veigas
y en verano abre sus brazos
formando diversos lazos
para el riego de las Vegas.
El tercero, es el río Duerna
que viene de la Valduerna
y con rigor y firmeza
deslinda Santa Colomba
de Ciudad de la Bañeza.
al río Tuerto le hace sombra
tan sólo, un solo puente,
el llamado de Las Eras,
que a pocos metros al frente
le sigue la carretera
con otro puente vacío
que es el puente que se alza
sobre el cauce, que no es río,
sino acequia que riega
fincas, con aguas que vienen
de Matilla de la Vega.
En el río de Los Peces
corre el agua con cautela
bajo dos hermosos puentes:
el puente de Los Espinos
y el puente de La Rotela.
El otro, el del río Duerna,
tiene un elegante puente
que la carretera peina,
procede de La Valduerna,
le dicen Puente La Reina.
© José Alfayate.
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Amo a mi pueblo por que no me gusta,
porque es feo;
sueño con un pueblo de delicias;
un pueblo superior,
un pueblo nuevo.
Sueño con los campos de ésta tierra negra,
curtida
por los inviernos gélidos
y los veranos secos,
en los campos de otoño
vestidos de recuerdos.
Pienso en las casa de tapias y adobes,
destartaladas,
desgarradas,
hoy casi despojos;
mostrando por su grietas y jirones
los tesoros y manojos
de heno,
paja (cuelmo),
alfalfa o trébol seco.
Pienso en el carro viejo,
renqueante,
cargado de la mies en el verano
y tirado
por bueyes “garbosos” y de paso lento;
rumiando,
soñando en silencio.
En la mullidas, cerras y cubiertas de adorno,
las iniciales grabadas con clavillos
semejando al oro,
del criado, el amo o el mayordomo.
Recuerdo el sobeo,
el sobiyuelo,
la trasga,
la ijada,
la vara del carro,
el tentemozo.
el cabijal,
la cabía,
el arado romano…
Los cornales;
coyundas
que sirven de unión
entre el yugo y la yunta
para ser arrastrado
el arado, abriendo canales,
surcos, jirones
donde depositar la semilla
que es la esperanza
ilusiones
de una nueva vida.
Digo del arado
las partes
de que está dotado:
el timón, la cama,
el dental, la esteva o mancera,
la trilluela, reja,
las orejeras,
la garganta,
el pescuño,
la vilorta
y la clavijera.
Pienso en aquel labriego entrado en años,
de rostro curtido
en un mundo atávico,
negro como la tierra cargada de historia
labriega
y llena de desengaños.
En la indumentaria tosca
de aquellos ancianos:
la montera,
el sombrero bruno de paño,
el camisón de lino,
la chaquetilla parda,
las bragas o calzones,
el dicho de marras:
“quien no está enseñado a bragas
las costuras le hacen llagas”,
en los zajones,
la faja,
las medias de lana
los zuecos,
la anguarina
y la luenga capa.
En ellas, la viejas;
el pañuelo atado a la cabeza
formando roseta,
la chambra,
el justillo,
la enagua,
las sayas,
el manteo de estameña,
la faltriquera,
el mandil sujeto a la cadera
por los prendales,
las medias,
los escarpines
o la madreñas,
la frisa, el dengue,
y por adorno
las arracadas, polcas y los corales.
Pienso en las calles de suelo desigual,
en aquellos relejes tremendo,
el barro de invierno,
el polvo de estío;
el fango,
el hielo
(¡Verdaderos ríos!)
que al cruzar las calles en el mes de nero
volvías al hogar
hecho un cirineo.
Recuerdo muchas cosas:
mi vetusta cocina con la piedra del llar
en el centro,
la lumbre del hogar
en el invierno,
alimentadas por cepas de brezo
¡Daban tanto humo!,
todo estaba negro
con aquel “fumeiro”,
y a la luz del candil
al reflejo,
parecía mi cocina
la cueva de algún bandolero.
Colgado de la bregancia, sobre
el garabato,
la caldera de cobre,
murmurando, riendo,
albergando en sus entrañas
convulsiones y movimientos.
Al lado, el borrajo,
¡Todo un santuario!,
presidiendo este altar
la puchera y el pote
allí, calentitos
y hablando tan bajo
cual si fueran los dos abuelitos
rezando el rosario.
Y como un monstruo de boca de hiena
panza de sapo,
vientre de infierno,
el horno:
el coloso suicida
que después de ser “arrojado”
transformaba a sus hijos
en el pan nuestro de cada día.
Pienso en la masera donde la abuela cernía
y hacía milagros;
en las barandas,
en las piñeras o cedazos,
en las trébedes,
el atizador,
el “gallo”,
el badil, el fuelle,
las ánforas o cántaros,
el cazo,
la alcuza,
las sartenes
y todo el atuendo de cacharros.
En la romana,
en sus pesadas y comparaciones;
arrobas,
libras,
onzas
y cuartones.
Evoca mi mente
el filandón,
el hilado
de lana y de lino,
planta de tallo
largo, hueco y fino
que nació
en los sueños de febrero
o mayo,
y creció
mas de tres cuartas
sin saber
cómo
ni cuándo.
Sueño con los mazos planos y acanalados
de majar el lino,
movidos siempre por brazos fornidos,
con la fitera,
con el dedil,
con las espadillas,
con el rastrillo
que afinaba la fibra
sacaba la estopa
y le daba brillo.
Con la peiza o grona y el escriño,
con el huso,
la rueca,
el farol,
la devanadera o el argadillo,
la naspa,
el acertijo:
“cuatro danzantes
andan en danza,
unos tras de otros
y nunca se alcanzan”.
Da vueltas morena
que a fuerza de vueltas
formas la madeja.
Figura el telar en mis recuerdos
de cosas antiguas
y viejas;
la urdimbre,
la trama y la lanzadera
en forma de una canilla
insertaba la trama
o hilo transversal
con saltos de ardilla
a golpes de pedal.
Recuerdo el potro,
el poyo,
el mástil,
el mozo,
el refrán:
“días de agua
a la cantina o a la fragua”
y casi todo lo relacionado
con la rama ancestral.
También me viene al recuerdo
la era,
trillando cuarenta grados al sol
y echando la sombra
la siesta
bajo la meda.
Y recuerdo y pienso…
que te amo, pueblo mío, que te quiero
porque no me gustas,
porque eres feo.
ya estoy viendo cambiar tu vestido antiguo
por el traje nuevo.
Y el recuerdo de la era,
me sugiere
la idea
de la siega:
a hoz o guadaña,
que dice Don León Felipe:
“es la serpiente que va lamiendo
la piedra
de afilar”.
Un gazapo
que se esconde en el cuenco
de un cuerno
llamado cachapo.
Conlleva consigo la isega
cortar la mies,
engavillar,
pergeñar garañuelas,
poner tres gavillas,
formar el manojo
y atar,
hacer la morena
y luego,
arrastrar.
Detrás de la siega venía el acarreo,
dando los manojos con la horca
al carrero
en el carro,
colocando para fuera la troza
que no se desgranase
la espiga,
cargando hasta seis manojos en pico
sobre la pernilla,
echando después los dogales
atando el balumbo,
sobre el bordigón y la traguadera
y de esta manera
caminando a paso lento y a rumbo
introducían la mies
en la era.
Se descargaba el carro
formado la meda,
ponían los manojos en trilla,
coraban las garañuelas,
esperaban un poco para que este sol
de Castilla
calcinase las cañas
sencillas.
Le daban la vuelta
con la tornadera,
metían el trillo
con dientes de piedra
y a dar rodeos,
vueltas y mas vueltas
a paso lento
y todo a la sombra de la paja
del sombrero.
Hecha la trilla
se juntaba con el cuartadero
formando la parva,
se arrastraba primero,
luego se barría
esparciendo el solar por encima
que no se calase
si acaso llovía.
Se limpiaba
cuando hacía viento
con el bieldo,
(testigos los uñuelos)
separando la paja del grano
formando el muelo.
Se tendía una manta
en el suelo,
se pasaba el muelo por la ceranda,
quedaba el grano limpio,
se recogía
con la hemina o el cuarta,
se pasaba el rasero
y se metía en el blanco costal
de lino casero.
Y la paja alhajar,
el grano al granero
para que así no pares
carrero.
Vete al molino,
trae el aceite y la harina
y no te olvides:
paga la maquila.
Y pienso y recuerdo
y recuerdo y pienso…
que te amo pueblo mío, que te quiero
porque no me gustas,
porque eres feo.
Ya estoy viendo cambiar tu vestido antiguo
por el traje nuevo.
Tus campos se han transformado
de parvos
en vastos,
tus caserones e antaño,
son hogaño
todo un salón principal;
el labriego ha pasado
de rústico
a señorial.
El vestuario
de origen vegetal
o animal,
es ahora tocado
por el tergal.
Aquellas pesas, medidas,
monedas,
de tiempo inmemorial
(real, cuarto, ochavo, maravedís)
han desparecido
con su escudo de lis
El carro y los aperos de labranza
que cuidaban con amor
son sustituidos
por máquinas de labor.
Los bajos y altos,
van siendo suprimidos
por el asfalto,
los vetustos llares,
en salones principales;
los antiguos telares,
por máquinas mecánicas
enteramente automáticas.
Las faenas de acarreo, de era,
de siega,
con guadañas y hoces,
son ahora
realizados por procedimientos rápidos,
veloces,
con ese coloso que llaman
cosechadora.
Y te amo pueblo mío,
te quiero,
porque no me gustas
porque eres feo,
quiero ver cambiado totalmente
tu pellejo
y entonces, no se si te querré
más
o menos
aunque se que este cambio,
este vestido nuevo
se llama
progreso.
Verificando con el esfuerzo
del espacio,
del tiempo,
de trabajos diversos,
como estrujando la uva en el lagar
o removiendo el haza,
por eso;
veo en ti, pueblo mío,
querido,
un altar:
el altar de la raza.
© José Alfayate.
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